Entre la preservación y la destrucción: la controvertida Alice Cunningham Flethcer.
Colaboradora: Verónica González.
Sección: Mujeres Antropólogas.
Nacida en 1838, en La Habana, Cuba, Fletcher fue la hija de una acomodada pareja de neoyorkinos. Su pasión por la antropología fue impulsada por su profesor particular, quien incentivó su interés por las sociedades originarias de Estados Unidos.
Inició tempranamente sus estudios en antropología; en esa primera etapa, sus investigaciones se centraron en el trabajo de escritorio, pero Fletcher decidió ir más allá, optando por el camino de la observación directa, a través del trabajo de campo. Así pues, Fletcher viajó por años a lo largo y ancho del oeste estadounidense, estudiando a las comunidades Omaha, Pawnnee y Sioux, entre otras.
Poco a poco fue haciéndose de un nombre en los círculos antropológicos, gracias a su compromiso con los proyectos y su creatividad. Su aporte más reconocido se relaciona con la conservación de la tradición oral de las comunidades indígenas, a partir de la recopilación de su música ritual, convencida de la importancia de ésta en la vida comunitaria y las actividades de índole simbólica.
Por lo anterior, Fletcher resultó galardonada en múltiples ocasiones por diversos museos, asociaciones culturales y universidades de la talla de Harvard. Fundó la escuela de Arqueología Americana en Nuevo México y quizá su obra más conocida es “Historia y canciones indias de Norteamérica”, de 1900.
Cabe recordar que Fletcher fue la típica intelectual de la época: partícipe de los movimientos de mujeres del momento y las asociaciones benéficas asistencialistas. En ese orden de ideas, considerando el contexto de la época, no sorprenden las ideas evolucionistas, las pretensiones misioneras y las actitudes paternalistas presentes en sus obras y proyectos.
Ejemplo de lo anterior es el hecho de que Fletcher apoyó proyectos educativos y económicos que buscaban la asimilación cultural de las poblaciones indígenas con el modelo occidental. Desde finales del XIX, trabajó para una institución en Pensilvania educando a niños indígenas en habilidades que les abrieran la posibilidad de insertarse en sociedad como ciudadanos estadounidenses “civilizados”.
En ese sentido, en colaboración con el Museo Peabody, Fletcher emprendió diversas estancias para llevar a cabo investigaciones etnográficas. Su presencia en las comunidades la convirtió en una intermediaria frecuente entre éstas y las autoridades, al punto en que el gobierno le encomendó la tarea de administrar el programa de reparto territorial en muchas reservaciones, a través de la llamada Acta Dawes, que consistía en una suerte de división de las tierras comunales en parcelas privadas. El proyecto culminó con la fragmentación de las comunidades y la pérdida de sus tradiciones; ya que se trataba de sociedades basadas en el intercambio comunitario y la propiedad conjunta de la tierra. A raíz de lo anterior, Fletcher decidió ya no involucrarse más con las actividades de gestión política, para dedicarse enteramente a la investigación.
Por su desafortunada gestión respecto a las tierras indígenas, se le ha calificado como “La dama de sociedad que contribuyó a preservar, y destruir, la cultura nativo-americana”.
Pese a lo anterior, muchos han considerado que Fletcher supo aprovechar para bien sus privilegios.
Por ejemplo, participó en la Asociación Nacional para Mujeres Indígenas, donde gestionó un préstamo para que Susan La Flesche terminara sus estudios de medicina, colaborando para que esta mujer Omaha se convirtiera en la primer nativa americana doctora.
En ese sentido, junto a Francis La Flesche, hijo de un jefe Omaha y hermano de Susan, preparó cientos de cilindros de grabación para registrar la música de las poblaciones con las que trabajaba, además de transcribir y describir a detalle los rituales de los que era testigo. Respecto a ello, aunque ella le dio crédito a Francis como asistente, se cree que él pudo haber contribuido mucho más, dando pie a la especulación de que él fue el autor principal de “La tribu Omaha”, texto enteramente atribuido a Fletcher. Pese a ello, gracias a la intervención de Fltecher en el medio, Francis se convirtió en el primer antropólogo nativo-americano.
A raíz de la compleja trayectoria de Fletcher surgen muchas preguntas, debates y reflexiones, pero, por ahora, podemos convenir en que, pese a que las posturas decimonónicas de Fletcher fueron superadas, sus valiosos registros siguen vigentes, ya que han sido retomados por colegas posteriores, que los han dotado de una perspectiva más fresca, a partir de la relectura de la información dada por estas fuentes y las nuevas interrogantes hechas a ellas.

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